Hay días en clase en los que explicas bien, tienes claro el contenido y aún así percibes que no está llegando. No es falta de capacidad del alumnado ni desinterés absoluto. Es que el cerebro adolescente no aprende bajo cualquier condición.
Durante la adolescencia, el cerebro está en plena reorganización. La corteza prefrontal —encargada de funciones como la planificación, el control o la toma de decisiones— aún está en desarrollo, mientras que el sistema emocional tiene un gran protagonismo. Esto se traduce en algo muy concreto: sienten mucho, pero no siempre saben gestionar lo que sienten ni cómo organizarse para aprender. Incluso no saben qué nombre ponerle a la emoción que sienten.
Hector Ruiz Martín, en su libro Aprendiendo a Aprender, cita las palabras de Benajmin Bloom, uno de los investigadores educativos más destacados del siglo pasado: «tras 40 años de investigación en la escuela, mi mayor conclusión es: lo que cualquier persona puede aprender, lo pueden aprender todas las demás (exceptos casos de disfunciones extremas) si se ofrecen las condicioes adecuadas».
Aquí es donde la neurociencia y el coaching educativo aportan claridad. No para añadir más carga al docente, sino para afinar la forma en la que acompañamos en el aprendizaje.
A continuación, tienes diez claves prácticas que puedes aplicar en el aula.
1. Sin emoción no hay aprendizaje.
El cerebro filtra constantemente la información y prioriza aquello que considera relevante. La emoción es una de las principales puertas de entrada, por lo que fomentarla durante las clases, nos permitirá que el alumnado mejore el aprendizaje del contenido en cuestión que estamos impartiendo.
Si un contenido no despierta interés, curiosidad o sorpresa, es probable que no se procese en profundidad.
En la práctica, esto implica empezar la clase de forma diferente: una pregunta que genere reflexión, un dato llamativo o una situación que conecte con su realidad, o incluso con un juego en el que pongan en práctica lo aprendido en la clase anterior.
También es útil vincular el contenido con un propósito, esto les permitirá ver más allá del momento presente y conseguir herramientas para futuras situaciones que puedan experimentar:
“¿Para qué crees que te puede servir esto fuera del examen?”
2. Dar dirección: objetivos claros y comprensibles.
Muchos y muchas estudiantes se desconectan porque no tienen claro qué se espera de ellos y ellas.
No es lo mismo decir “vamos a ver este tema” que plantear:
“Al final de esta sesión serás capaz de explicar…”
Cuando el objetivo está claro, el cerebro se orienta y mejora el foco. Una estrategia sencilla es pedirles que completen la frase: “Al final de esta clase seré capaz de…”
Este tipo de ejercicios prácticos les permitirá saber de antemano para qué les ayudará el contenido, qué habilidades desarrollarán y de qué manera les permitirá mejorar como estudiantes.
3. Ajustar la atención: trabajar en bloques.
La atención sostenida en adolescentes es limitada. Estudios recientes sostienen que la media de atención suele ser entre 15-20 minutos. Pretender mantenerla durante largos periodos suele generar desconexión.
Funciona mejor estructurar la sesión en bloques:
- Breve explicación.
- Aplicación práctica.
- Revisión o feedback.
Esto no implica reducir el contenido, sino cambiar la forma de presentarlo. Si además incluyes movimiento físico o bien juegos donde revisen y afiancen el contenido que acaban de recibir, fomentará el trabajo de la memoria a largo plazo.
4. Recordar activamente para aprender mejor.
Releer o subrayar no garantiza el aprendizaje. El cerebro necesita recuperar la información para consolidarla, por lo que tiende a recordar mejor lo que entiende, repite y usa.
Algunas estrategias eficaces son:
- Explicar el contenido a otra persona.
- Realizar pequeños tests sin apuntes.
- Elaborar esquemas de memoria.
El llamado “efecto testing” demuestra que intentar recordar, aunque cueste, fortalece el aprendizaje. En mi caso suelo utilizar el juego de Kahoot para revisar y afianzar el contenido explicado a lo largo de la semana para reforzar lo ya aprendido. Además, es el propio alumnado el que diseña las preguntas de repaso. Con los juegos, la diversión está asegurada y cuando la emoción entra en juego, el aprendizaje se afianza.
5. Activar al alumnado: aprendizaje activo.
Cuando el alumnado adopta un rol pasivo, el aprendizaje es superficial. La implicación cognitiva aumenta cuando tienen que hacer, decidir o reflexionar, cuando se sienten protagonista de su propio aprendizaje.
En lugar de explicar todo el contenido, se pueden plantear situaciones como:
- Resolver un problema.
- Proponer hipótesis.
- Debatir posibles soluciones.
El uso de preguntas abiertas, una de las herramientas más utilizadas en la disciplina del coaching, también favorece este proceso:
“¿Cómo lo harías tú?”
“¿Qué opción te parece más adecuada y por qué?”
6. El error como parte del proceso.
El error no es un fallo a evitar, sino una oportunidad de aprendizaje. Sin embargo, para que esto funcione, el entorno debe ser seguro: crear espacios de seguridad psicólogica es fundamental para que el alumnado sepa que equivocarse no va a tener consecuencias que penalicen, sino que se convertirá en palanca de aprendizaje.
Si el alumnado percibe juicio o presión, tenderá a evitar participar. Además, durante la adolescencia la pertenencia al grupo es primordial para su desarrollo, si siente que se le aparta por haberse equivocado/a, no volverá a participar. Evitan a toda costa el sentirse señalados/as.
Es importante normalizar el error de forma explícita:
“Aquí equivocarse forma parte del proceso.”
“Vamos a analizar qué podemos aprender de esto.”
Así incrementarás la participación y reducirás el miedo al fallo.
7. Fomentar la autonomía.
La motivación aumenta cuando el alumnado percibe cierto control sobre su aprendizaje.
No se trata de eliminar la estructura, sino de introducir pequeñas decisiones:
- Elegir entre dos tareas.
- Decidir el formato de entrega.
- Organizar el orden de trabajo.
Desde el enfoque de la disciplica de coaching, es útil preguntar en lugar de dirigir:
“¿Por dónde quieres empezar?”
“¿Qué opción te resulta más útil?”
8. Regular el estado emocional.
Un nivel alto de estrés dificulta la atención, la memoria y la toma de decisiones. A nivel cerebral y conductual, tiene un impacto directo en cómo pensamos, sentimos y aprendemos. Y esto en el aula se nota muchísimo: problemas de atención, fallos de memoria, bloqueo cognitivo, reacciones emocionales intensas, conductas de evitación, entre otras.
Antes de comenzar una actividad exigente, puede ser útil introducir pequeñas rutinas de regulación:
- Un minuto de respiración consciente.
- Estiramientos breves.
- Un inicio más pausado o bien una pausa breve.
- Fragmentar la tarea para hacerla más asequible.
Estas acciones favorecen la disponibilidad para el aprendizaje.
9. Cuidar el lenguaje.
El lenguaje no solo describe, también construye identidad. En la adolescencia, esto tiene un impacto especialmente fuerte.
Las palabras activan redes neuronales concretas y dirigen la atención: lo que nombramos existe, lo que no se nombra, se hace invisible. Las palabras que repetimos se convierten en identidad, por lo tanto, el lenguaje regula nuestras relaciones influyendo en el bienestar emocional.
Es recomendable evitar etiquetas globales y centrarse en conductas concretas.
Por ejemplo, en lugar de: “Eres desorganizado”, se puede plantear: “Hoy no has estado organizado, ¿qué podrías hacer diferente?”
Esto abre posibilidades de cambio y evita que el alumnado se identifique con la dificultad.
10. Reforzar el proceso, no solo el resultado.
El cerebro aprende mejor cuando percibe progreso: cada pequeño avance activa circuitos de recompensa (dopamina), lo que aumenta la probabilidad de repetir esa conducta:
- Si afianzas el esfuerzo y la estrategia, el alumnado querrá seguir intentándolo.
- Si solo refuerzas la nota, dependerá de si “le sale bien” o no.
Cuando solo reforzamos la nota, el mensaje implícito es: “lo importante es el resultado final”.
El problema es que eso genera dos efectos bastante habituales en adolescentes:
- Miedo a equivocarse (si fallo, “valgo menos”)
- Búsqueda del mínimo esfuerzo (solo lo justo para aprobar)
Sin embargo, cuando reforzamos el proceso, el mensaje cambia a: “lo importante es cómo aprendes y cómo mejoras”.
Y aquí es donde empieza la motivación de verdad, ya que, la motivación sostenida se construye cuando se reconoce el esfuerzo, la estrategia y el progreso.
Algunas formas de feedback más efectivas para no decir “muy bien” sin más, sino poner el foco en lo que el alumnado ha hecho para llegar hasta ahí son, por ejemplo:
- “Se nota que has cambiado la forma de estudiar.”
- “Has mejorado en la organización.”
- «Enhorabuena por el esfuerzo realizado.»
Recuerda evitar comentarios genéricos o centrados únicamente en la nota, los ejemplos anteriores permitirán a tu alumnado desarrollar una mentalidad de crecimiento.
Propuesta práctica para el aula.
Elige dos de estas claves y aplícalas durante una semana.
Después, reflexiona:
- ¿Cómo ha cambiado la participación del alumnado?
- ¿Hasta qué punto se percibe un clima diferente en el aula?
- ¿Qué ha cambiado en tu forma de intervenir?
Pequeños ajustes pueden generar cambios significativos.
Si quieres indagar más, te recomiendo la lectura en la que me inspiro para mis clases:
- Héctor Ruiz Martín, Aprendiendo a Aprender.
- David Bueno y Anna Forés, La práctica educativa con mirada neurocientífica.
- Rafa Guerrero, Educación emocional y apego.
Si quieres que te acompañe a practicar estos tips en tus clases, contacta conmigo.









